jueves, 25 de agosto de 2011

22º Sesión

Espacio: Casino Maldini, El Cairo
Tiempo: 13/7/1925
Observaciones: Entrando en la obra los personajes pueden observar como los obreros deambulan con un paso lento y lacónico acatando las órdenes de uno de los músculos de Renzo. Hess logra reconocer al capataz: se trata de aquel hombre de bigotes que rompió sus costillas y lo dejó por muerto unos pocos días atrás.
El plan de los personajes es simple: se infiltrarán entre la turba de trabajadores e intentarán acercarse al subsuelo sin llamar la atención. Sin embargo, el capataz, sin reconocerlos gracias a sus disfraces, comienza a darles órdenes de trabajo pesado que mantienen ocupados a los personajes. El agotamiento se hace sentir, y por un instante las fuerzas abandonan las manos de Julien Fournier que deja caer un pesado bulto.
El capataz comienza a acercarse vociferando con furia. Antes de que llegue a estar cara a cara con Fournier y sus acompañantes, se deja oir el llanto de un infante en la lejanía. Al llenarse el ambiente con este sonido los obreros comienzan a desconcertarse y a gemir con los ojos desorbitados. Algunos manifiestan problemas motrices, y otros comienzan a mostrar tendencias agresivas. Esto logra desviar la atención del matón lejos de los personajes, y mientras estos se vuelven a perdir entre la multitud, observan como el hombre de bigotes desenfunda un revólver y dispara contra uno de los obreros, luego de lo cual los demás comienzan a calmarse.
El llanto del niño se escucha con mayor intensidad, y luego de un momento entran a la obra el doctor Kliff junto a Rino, el asistente de Renzo Maldini. El primero lleva en sus manos un maletín característico de su profesión, mientras que el otro lleva en brazos una manta de la cual proviene el llanto. Uno de los personajes logra oir a Rino preguntarle al capataz por la ubicación del señor Maldini. Le indica que está en el último subsuelo, y que pidió que no lo interrumpan. El doctor y el hombre calvo descienden por unas escaleras y dejan una vez más a los personajes entre la multitud de obreros descerebrados y el violento matón.
Mientras éste retoma sus órdenes, uno de los personajes aprovecha las distracciones para acercarse por detrás y descargar un golpe sobre su cabeza. El hombre cae, y antes de que pueda incorporarse, tomar su arma, o pedir ayuda, los demás personajes asistidos por los hombres de Giorgio descargan patadas y puñetazos sobre el matón, que va disfigurándose bajo una oleada contundente de golpes. Particularmente Hess aprovecha la oportunidad para tomar venganza por la golpiza recibida.
Con el capataz desabilitado, los personajes se apresuran a tomar las riendas en el asunto. Di Leo da órdenes en el idioma natal de los obreros para que continúen con su trabajo y los amenaza de forma análoga a la que empleaba el hombre de bigotes. Mientras tanto, Fournier y Hess avanzan a la torre de mando, donde el ingeniero había visto aquel sospechoso maletín que acusaba tener un falso fondo.
Allí los reciben los ronquidos de un guardia moroso. Un golpe seco acrecienta el lapso de sueño del hombre, y pasan así a buscar entre los papeles de Rino Mazzitelli. Encuentran efectivamente el maletín, y comprueban que tenía un falso fondo. Allí hallan los planos de un subsuelo adicional, más pequeño que los anteriores, de formación irregular. También ven unas listas de nombres femeninos, algunos tachados, correspondientes a antiguas acompañantes de Renzo que ya han dado a luz, y otros aún por tachar. Un recuadro adicional tiene los identikit de Rudolph Hess y de Albert Di Leo. El retrato del arqueólogo aparece también tachado, y el del periodista parece estar asociado en una breve descripción con la familia Giorgio. Evidentemente la familia Maldini es conciente de sus enemigos, y los personajes están más allá de toda posibilidad de retroceso.
El siguiente paso, por tanto, es arremeter contra la cabeza de la organización. Es por eso que deciden seguir los pasos de Kliff y Mazzitelli, y descienden por las escaleras que estos tomaron.
Entreabriendo una puerta divisan un ambiente lujosamente adornado, ya listo para su funcionamiento comercial. Se trata de un bar musicalizado, con una amplia barra, extensos ejemplares de bebidas y tragos, y unos puñados de sillas y mesas enfrentadas a un escenario. Un cabaret subterráneo, para el entretenimiento más discreto de aquellas personajes que gusten de los placeres carnales.
La complicación es que el lugar parece estar abarrotado de matones e integrantes de la familia Maldini. Ante este problema, los personajes resuelven: tomar las ropas del capataz, mantener el resto los ropajes de obreros, y cruzar abiertamente por el lugar fingiendo una tarea encargada por el mismísimo Maldini. Al comenzar la charada, todo parece ir viento en popa, pero antes de llegar a la tarima del escenario Fournier se percata de que unos mafiosos cuchichean y los miran de forma sospechosa, deslizando sus manos debajo de las solapas de sus trajes. Su reacción es rápida y desesperada. De debajo del overol extrae la escopeta y apunta a la barra disparando a mansalva. Sus acompañantes, alarmados, intentan extraer sus armas y brindar apoyo armado. Mientras tanto, algunos de los Maldini se refugian detrás de la barra, otros tumban mesas y se parapetan.
La balacera es rápida y brutal.
Hess es herido en un brazo, y Fournier en una pierna. Pietro no da respiro a los cañones de sus dos revólveres, mientras ve caer sin vida a uno de sus acompañantes. Los mafiosos resguadados tras las mesas son acribillados ignorando la ineficaz barrera de defensa. Detrás de la barra se observan movimientos de rufianes listos para disparar contra los personajes, ante lo cual Hess responde prendiendo la mecha de uno de sus cartuchos de explosivos. Arroja la dinamita e inmediatamente luego de escuchar un grito de alarma el piso se sacude por la detonación. El humo y el olor a pólvora innundan el ambiente. Luego de unos instantes de incertidumbre los personajes comprueban que los mafiosos están muertos en su totalidad, y prosiguen a la siguiente escalera.
Esta da a un sector de almacenaje, poblado por largos y laberínticos pasajes de estanterías. Entre los ecos producidos por el piso metálico y las esquinas idénticas que parecen multiplicarse hasta el infinito los personajes comienzan a separarse y perder el rastro de cada uno. Di Leo avanza, y de súbito un rostro desconocido se cruza en su camino. En otra área del almacén los demás personajes escuchan los disparos. Hess apura el paso. Fournier vocifera. Di Leo está apoyando su hombro tras una estantería, inclinándose levemente para saber si dio muerte al extraño. En cuanto asoma la cabeza una nueva ráfaga de disparos resuena entre los pasillos. Hess escucha pasos cercanos, del otro lado de la estantería. Grita preguntando el nombre de quien esté allí. Nada. Gatilla perforando cajas, y en respuesta nuevos agujeros apuntan en su dirección. Di Leo toma coraje y sale de su refugio abalanzándose contra el mafioso, lo toma por sorpresa y gatilla sin dudarlo. El charco de sangre corre sin trabas por el frío piso de metal. Hess está tirado, cuerpo a tierra. Fournier lo llama. Pregunta si están todos bien. Nadie quiere declarar su posición para no delatarse. Hess avanza y gira, buscando enfrentarse a aquella persona que estaba del otro lado de la estantería. Un italiano de la faminila Giorgio y otro de los Maldini están en el piso, ambos sin vida. Un bulto se mueve al final del pasillo, y el arqueólogo dispara. En el momento en que su dedo suelta el gatillo su rostro empalidece. La bala entra en el estómago de Pietro. Hess se acerca, pidiendo disculpas: Pietro entiende. El alemán intenta asistirlo con sus nimios conocimientos básicos de primeros auxilios, y concentrados en esta tarea no ven cómo se acercan Maldini apuntándoles a las cabezas. El cañón de escopeta de Fournier los acaba, sin que se percaten de la amenaza que se cernía sobre ellos. Al parecer eso es todo.
Con varias heridas superficiales, Pietro malherido y el soporte armado fulminado, los personajes reconocen lo complicado y desesperante de su situación. El torniquete sobre el estómago de Pietro a penas logra contener el vasto chorro de sangre, y reuniendo todas sus fuerzas el poderoso italiano logra ponerse de pie.
Hacia el final del almacén, siguiendo los recuerdos que Fournier tiene de los planos vistos anteriormente, encuentran una puerta-trampa que da al último subsuelo.
Armándose de valor levantan la tapa, y notan que la separación es gruesa y tiene un considerable aislamiento sonoro. Quizás, con suerte, la gente que esté en el subsuelo secreto no habrá escuchado los disparos de los pisos superiores.
Las paredes del oscuro subsuelo son de piedra pelada. No hay iluminación, por lo que deben satisfacer su hambre investigativa con la magra luz de un encendedor. En este reducido salón encuentran un gran cajón abarrotado de elementos pertenecientes al ámbito ocultista, con evidentes signos de desuso. En las capas superiores, Fournier ve la túnica que pudo encontrar horas antes en la oficina de Renzo Maldini. Escarbando un poco más entre fetiches y elementos misteriosos, los personajes dan con una vitácora del mafioso.
Al parecer, de joven el actual embajador italiano había ocupado su tiempo libre indagando en los conocimientos ocultos y las reuniones secretas del culto de Sobek. Su participación, sin embargo, no parecía haber llegado a altos rangos dentro de la organización. De hecho, la cuestión general de la adoración y culto a los dioses antiguos no parecía haber sido otra cosa que un pasatiempo fruto de la curiosidad de Renzo. Años más tarde surgió la oportunidad de visitar Egipto y tomar un cargo público, y fue entonces que Maldini decidió cortar sus lazos con la organización. Pero esa decisión no fue bien recibida por la orden de Sobek, que en sus sedes de El Cairo parecían ser incluso más fanáticas y extremistas que las diminutas filiales italianas. Sus correligionarios lo maldicieron por la traición, tanto a él como a su descendencia. ¿Intentaba dejar atrás al gran Sobek? Su insolencia lo obligaría a ser fiel reflejo del dios antiguo llevando la marca de su raza en la propia carne. A partir de aquel entonces, con la ayuda del doctor Kliff, Renzo Maldini debió incursionar en crónica aplicaciones de suero antiofídico para palear el avance de la antigua maldición. Sin embargo, no pudo tolerar el ominoso destino al que estarían sometidos sus hijos: es por esto, que en un acto de compasión decidió dar muerte a estas inocentes criaturas.
La reanudación del estridente llanto infantil proveniente de las profundidades de un pasillo que nacía en uno de los extremos del salón sacó a los personajes de la lectura de aquel penoso y sórdido diario.
Con dudas, turbados por lo aprendido y el dolor de las heridas, avanzan una vez más los personajes hacia lo desconocido. Abriéndose a la luz de una antorchas encuentran un salón. En él hay una serie de pequeñas lápidas alineadas. Haciendo un pequeño agujero en una de ellas está Rino. Orando, recitando pasajes de la biblia está Renzo con su hijo en brazos, y junto a él el doctor Kliff, maletín en mano, pidiéndole que apuren la ceremonia para poder hacer la próxima aplicación. El embajador italiano está cláramente perturbado, con un rostro bañado en lágrimas implorando por la piedad de su tradicional dios cristiano.
Al ver cómo Renzo deposita en una tumba a la criatura que al descubrirse evidencia la malformación ofídica, los personajes ordenan a Maldini que se detenga. El italiano no entra en razones y se pone agresivo al ver que unos intrusos penetraron sus defensas. Vocifera y responde agresivamente, ignorando al conjunto de armas apuntadas a su persona. Es en este ataque de ira comienzan súbitamente a aflorar rasgos ofídicos en la fisonomía del italiano. Superando la imagen chocante, Hess gatilla contra el embajador, quien ya cuenta con la velocidad sobrenatural suficiente como para evadir en un fugaz movimiento el disparo del investigador. Rino blande su arma, y Kliff se lanza al suelo abriendo su arma. La escena es confusa por lo diminuto del ambiente. No hay cobertura alguna para ninguna de las partes: sólo se mantendrá en pie el más fuerte. Mientras la monstruosa figura de Maldini se abalanza sobre los personaje, Rino dispara e intercepta a Fournier. La respuesta es rápida, y luego de una oleada de plomo, cae sin vida el hombre calvo.
El combate se centra en la grotesca figura de Maldini. Es aquí que Hess considera que es mejor que este horror nunca llegue a la superficie, ni que continúe esparciendo su semilla... y comienza a prender las mechas de sus cartuchos de explosivos. Sin poder causar un daño mortal, y recibiendo constantes impactos de sus garras, los demás personajes logran divisar al doctor Kliff intentando aplicar una inyección en el cuerpo de su amigo. Valerosamente se arrojan hacia el hombre serpiente para detener sus movimientos, y gracias a esto el médico clava la aguja y empuja con su pulgar. La transformación parece ser demasiado lenta y dolorosa como para contemplarla a la luz de la agonizante mecha de dinamita. Los personajes comienzan la retirada. Mientras Kliff y Pietro salen como pueden, y Di Leo capta las últimas fotografías del subsuelo, Hess toma al bebé serpiente, y Fournier sostiene al hombro de Maldini para extraerlo e interrogarlo. Sin embargo, el ingeniero no está en buen estado de salud, y las convulsiones de Maldini dificultan la tarea, dejándolo rezagado del resto del grupo. En un movimiento abrupto, Renzo logra escaparse del abrazo de Fournier y cae desplomado al suelo. La metamorfosis de regreso al cuerpo humano ha quitado todas las resistencias sobrenaturales a los disparos recibidos, y Maldini está agonizando en el piso. Fournier trata de levantarlo y sacarlo del subsuelo, pero el italiano se niega: murmura unas palabras en su lengua natal, y con sus últimas fuerzas se arrastra hacia las tumbas de sus hijos.
Los gritos de alarma devuelven a Fournier a la realidad. Apresurando el paso ve la mano de Di Leo asomándose del otro lado de la puerta trampa, y con su ayuda logra salir del subsuelo. La tapa baja en el último instante antes de que una poderosa explosión sacuda la superficie.
Los personajes no tienen siquiera un instante para celebrar su salida con vida. Al parecer la explosión ha removido los cimientos y toda la estructura del casino comienza a colapsar.
Entre derrumbes, colapsos y explosiones los personajes consiguen escapar del centro de reuniones de la familia Maldini en El Cairo, descalabrando sus bases y resolviendo el penoso enigma de los bebés serpientes.

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