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martes, 23 de agosto de 2011
John Dwight Spencer
♫♪ "Iowa puede ser el paraíso, nuestro paraíso" ♫♪ decía la canción. Seguramente quien la escribió fue un turista o el dueño de algún complejo hotelero, no lo sé; lo estrictamente cierto es que Iowa es una auténtica mierda. Infinitas hileras de americanos prototípicos yendo al trabajo o al templo, a pagar sus inútiles impuestos o a enlistarse en la armada. Correrse de ese designio patriótico aunque más no sea unos milímetros es un acto de traición imperdonable…
Nunca estuve demasiado predispuesto para el trabajo por lo que al finalizar la preparatoria ingresé en la academia teatral de Mr. Spruille Peabody, más convencido por el rechazo que generaba su particular forma de entender el teatro que por el prestigio que éste pudiese acreditar (que ciertamente era nulo). Mis padres se opusieron automáticamente, mi destino sería el ejército o la escuela de derecho ¡pobres de ellos! En realidad solo lo lamento por mi madre, ella no era una mala persona, solo sufría la debilidad ficticia que el americanismo machista le impone a cualquier ama de casa. Ella sí me quería lo suficiente como para entender (sin reconocerlo a viva voz) que mi camino estaba en las artes, en la infinidad de mundos posibles que se hacen reales sobre un escenario, tantos como los límites de la imaginación humana permitan. Mi padre juzgaba esos razonamientos paralelos como propios de un afeminado, o un negro, o un judío, en fin todo lo que no sea rigurosamente blanco y americano. Es así que cuando recibí la nota de la compañía Peabody solo un beso en la frente de mi sollozante madre bastó para que la distancia entre mi habitación y el mundo exterior se acortase a cero. A mi padre le dejé una carta, reconozco que no muy amigable. En un papel de periódico dejé rastros de semen adjuntando una nota que rezaba “Padre aquí te devuelvo lo único que has hecho por mí en todos estos años”...
Y así salí a enfrentar la calle sin más equipaje que dos mudas de ropa aparte de la puesta y una reluciente pipa obsequio de Steve Freeman, un anticuario con el que compartíamos el amor por el tabaco de Virginia y los discos de pasta.
Ni bien mis pies tocaron las maderas crujientes del escenario supe que estaba en el camino correcto, ojala algún día puedas sentir la alegría que invadió mi alma en aquel momento; pero bien, no solo de dichas se escribió esta historia…
Con el tiempo dentro de la Compañía de Mr. Peabody formamos un subgrupo dedicado específicamente al teatro absurdo (Clown for Progress), un concepto que en ese temprano 1921 era ciertamente revolucionario, pensar en la no-estructura del guión o en cierta crítica política era declarar una guerra cósmica a los gamberros de la triple K que predicaban sus estupideces a lo largo y ancho de la gran patria americana (sí sí es ironía). En varias ocasiones tuvimos que huir del escenario para esquivar proyectiles de los más increíbles, y alguna que otra bala. Debo reconocer sin embargo que la vehemencia con la que los patriotas de blanco nos expulsaban de sus bastiones se tradujo en una excelente campaña publicitaria sin quererlo. En poco tiempo cientos de personas de las más variadas clases comenzaron a acudir a nuestras presentaciones, por lo que la campaña en nuestra contra debió menguar hasta casi desaparecer por ser profundamente impopular. Recorrí el país a lo largo y a lo ancho sin descansar ni un minuto, hasta nuestro último espectáculo en el teatro de la Universidad de Miskatonic en Arkham…
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