Tiempo: 12/7/1925
Observaciones: Saliendo de una amena sesión de juego, los personajes pasan al salón de fumadores donde Percival Owen tiene alguna de su correspondencia. Entre las cartas y paquetes enviados al diplomático de cada rincón del mundo figura un ejemplar de la primera edición de Mein Kampf, de Adolf Hitler. Hess, llamándole la atención el título en su idioma, y activando unas lejanas reminicencias por el nombre del autor, le pide permiso a Owen para revisar el ejemplar, y el embajador se lo obsequia sin mayores preámbulos.
La conversación es directa: los personajes le aclaran a Owen la naturaleza sobrenatural de la cuestión en la que están involucrados y confiezan su preocupación. Owen se envuelve en un manto de misterio y comienza a hacer preguntas extrañas. Los interroga al respecto de sus objetivos, sus deseos, sus anhelos y toda relación posible con eventos paranormales. Luego de que los personajes responden a sus preguntas, el inglés les confirma que no es casual la aparición de estos niños serpiente, y redobla la apuesta al informar a los personajes de que hay eventos ocultos de mayor talante operando bajo la superficie de la cotideanidad mundana. Al parecer, tanto él como el desaparecido padre de Julien Fournier, junto a un selecto grupo de personas, forma parte de una organización oculta que rastrea, interpreta y combate a estas malévolas fuerzas extrañas que periódicamente intentan tomar el control de la humanidad mediate medios demoníacos y caóticos.
Owen les comenta a los personajes que tienen la posibilidad de conocer más acerca de esta organización, pero que para hacerlo deberán mostrar su valía resolviendo el enigma de los niños serpiete, su origen, causa y objetivo. Una vez resuelto esto, se les presentará la posiblidad de abrir su percepción a un mundo del cual no hay retorno.
En esta conversación reveladora Owen la informa a Fournier que el último paradero cierto de su padre había sido en una expedición al polo norte, donde había rumores de un pasaje subterráneo a un plano dominado por las fuerzas caóticas alienígenas.
Los tres personajes aceptan el desafío del embajador, y redoblan su interés en la resolución del misterio.
Al día siguiente, se separan para cubrir un mayor terreno.
Hess pasa la mayoría del día en la biblioteca de la universidad, mezclando su trabajo institucional con la lectura personal del libro de Hitler y la investigación de aquella misteriosa expedición en la cual desapareció el padro de Fournier. Las horas pasan en la biblioteca, y dentro de la mente del arqueólogo se turban los pensamientos y de confunden entre sí, de modo tal que cuando finaliza su horario, casi sorprendido encuentra frente a sí mismo un boceto de la zona donde podría haber tenido lugar una excavación, considerando mitos nórdicos, leyendas rusas y vacíos enciclopédicos que acusaban la presencia de algo tan misterioso que escapaba al orden clasificatorio académico.
Cansado, se retiró a uno de los bares de El Cairo, donde esperó a que sus amigos lo encontraran para infromarle del progreso de sus actividades.
Mientras tanto, Fournier se entrevista con Renzo Maldini y luego de una ardua y tensa negociación obtiene el acceso al casino en construcción bajo la excusa de la confección de un informe municipal para la continuidad de la obra. Mientras conversan, tres eventos son meritorios de mención: por un lado, Maldini relata aquella experiencia en la cual casi pierde la vida en el desierto y luego fue salvado por la pericia médica del doctor Kliff. Otro evento importante fue la obtención de un permiso para una entrevista con el supuesto fin de levantar la imagen pública del casino. El periodista encargado de efectuar la entrevista no sería otro que Di Leo. Por otro lado, ya habiendo finalizado la charla y casi a punto de retirarse, Fournier logró divisar en un perchero, bajo sobretodos y otras prendas, un fragmento de tela cuyas inscripciones recordaron al personaje inmediatamente a las túnicas de los adoradores de Sobek. Al intentar preguntar por ellas a Renzo, este urgió la salida de Fournier, esquivando las preguntas del personaje por la tela, y deseándole suerte en la inspección del casino.
Ya en la obra, Julien Fournier se entrevistó con el capataz, Rino Mazitelli, aquel hombre calvo que había visto días atrás en un oscuro callejón del hospital, quien lo recibió en la torre de mando en la cual guarda los planos de la obra. Al abrir la cajuelo que los contenía, Fournier pudo notar que la misma poseía un falso fondo y tomó nota mental del hecho. Luego descendieron a la obra, y fingiendo una encuesta oficial, fue recolectando información y grabando la disposición del lugar en su cabeza. Algo llamó la atención de Fournier, y fue que al momento de bajar no había obreros trabajando en ningún lugar de la construcción. Cuando le preguntó al capataz, le informó que estaban en su receso. Al visitar el subsuelo, notó que la cantidad de tierra removida y de maquinaria empleada no correspondía fielmente con el trabajo realizado, pero al preguntar al capataz éste respondió con evasivas y falacias. Con un plano mental acabado y ciertas sospechas en su cabeza, Julien Fournier se retiró satisfecho del casino en construcción.
Recibiendo la información sobre la cita con Maldini para una entrevista, Di Leo se dispuso a hacer unas investigaciones antes de visitar al embajado. Pensando en la jerarquía política de su país decidió contactar a su viejo conocido, el Coronel Ennio Petracchi, para ver si podía halar algún hilo que lo acercara un poco a la figura de Renzo Maldini. Sin embargo, la única información clasificada que obtuvo al respecto fue que el Coronel estaba formando parte de un grupo armado de Elite que actualmente estaba infiltrado en terreno soviético haciendo prácticas militares de naturaleza secreta.
Sin posibilidad de avance por ese lado, el periodista decidió tomar las riendas del asunto y disfrazándose y haciéndose de una identificación falsa se encaminó al hospital. Allí, haciéndose pasar por doctor logró el acceso al sector de almacenaje de historias clínicas, donde pudo corroborar el ascenso de fallecimientos infantiles bajo el rótulo "muerte súbita" desde el momento en que el doctor Kliff pasó a ocuparse del sector de neonatología. Estando allí, consideró oportuno buscar la historia clínica de Renzo Maldini, y para su sorpresa encontró que el archivo estaba firmado y seguido por el mismo doctor Kliff. Allí figuraba la intervención que salvó la vida del embajador italiano, en la cual se le había inyectado una cantidad descomunal de suero antiofídico. En los meses posteriores a la internación, y de forma sostenida hasta la actualidad, Renzo Maldini recibió dosis mensuales de este suero. La última aplicación fue a mediados de Junio.
Aprovechando la suerte con la que obtuvo toda esta información, Di Leo se encaminó hacia la embajada italiana para probar suerte en la entrevista con el mismísimo Maldini o uno de sus allegados. Sin embargo, al arribar lo recibió una atmósfera fría e implacentera, en la cual parecía que cada empleado lo observaba de manera amenazante. La entrevista con Maldini es breve e incómoda. Constantemente el embajador dice conocer a Di Leo de algún lugar, pero sin poder recordar de dónde. Siendo tan espeso el ambiente, el periodista no insiste demasiado al respecto del casino, y se limita a tomar unas fotografías y hacer algunas preguntas triviales.
Saliendo de la boca del lobo, una última arista le quedaba a Di Leo para investigar a los Maldini: el contacto con sus enemigos directos, los Giorgio. Al llegar al hotel donde su antiguo compañero de aventuras se albergaba, fue saludado calurosa y afectuosamente por este, quien lo felicitó por su progreso en la ciudad de El Cairo. Giorgio le insinuó, sin embargo, que algo de responsabilidad en su éxito había sido de sus maniobras, y le comentó que estaba al tanto de su visita a la embajada y la investigación que sus amigos estaban llevando al respecto de los Maldini. Giorgio le advirtió que la paliza que había recibido Rudolph Hess evidenciaba que sus enemigos ya eran concientes de que los estaban vigilando, y que la tensión en el ambiente de la embajada demostraba que habían podido trazar la relación o bien entre Di Leo y Hess, o pero aún, entre Di Leo y la familia Giorgio. Fuese de la manera que fuese, Gino le aconsejó al periodista actuar con premura contra los Maldini. Es por esto, y con la condición de que encuentre o fabrique evidencias para general algún escándalo que destierre a los Maldini de El Cairo, que Gino Giorgio pone a disposición de Di Leo y sus compañeros un móvil conducido por Pietro, acompañado por un puñado de matones. El plan sería interceptar a un camión de obreros que trabajan en el turno nocturo del casino, quitarle la ropa a los hombres e infiltrarse para tomar fotos, sabotear la edificación y golpear a Maldini donde más le duela.
Di Leo acepta la oferta de Giorgio y la comunica a los de más personajes. Evidentemente es la forma más directa para progresar en su investigación, por lo cual deciden sumarse al plan de Giorgio y se reúnen con Pietro y sus muchachos. Al hacerlo, Hess se apodera de unos explosivos que habían llevado los mafiosos, y Pietro le entrega a Fournier una escopeta para que no sufra deficiencias a la hora de apuntar a causa de la pérdida de su ojo.
Ya está atardeciendo cuando en una pequeña calle suburbana se produce el atraco, y los matones de los Giorgio cruzan su automóvil frente a un camión con un contingente de trabajadores en su interior. Encañonan al conductor, que se entrega sin resistencia, pero al abrir la puerta trasera del transporte observan el extraño cuadro de un grupo de media docena de hombres de ascendencia italiana vestidos con sus overoles y con la mirada en blanco, las quijadas caídas e hilos de baba cayendo sobre las telas azules.
Al parecer los obreros están en una especie de trance, en el cual sólo se mutan cuando los personajes intentan bajarlos del camión. Al salir de la parte trasera y verse con el exterior, los hombres intentan torpemente volver a subir, ignorando la presencia de armas, sin siquiera hacer contacto ocular con sus captores y murmurando palabras inconexas y sin articulación.
Los matones logran reducir al grupo y los desnudan maniatan dejando un grupo de seis figuras gimientes en la oscuridad de una calle olvidada de El Cairo.
Arriba del camión, Pietro al volante se acerca a los portones del casino. En la parte trasera, Di Leo, Fournier y Hess se ven acompañados de tres hombres de duro semblante, armados y listos para hacer lo que sea necesario. Sea conveniente para los personajes, o no.
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