lunes, 15 de febrero de 2010

Albert Di Leo

Albert Di Leo nació en Brooklyn, Nueva York, en 1880, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Era el mayor de cuatro hermanos. Sus padres, sufridos trabajadores, desearon que el pequeño Al tuviera algún futuro fuera de las calles de Brooklyn, y fue por ello que procuraron que éste completara sus estudios primarios y secundarios. Lo cierto, sin embargo, es que no todo salió acorde a lo planeado: la repentina muerte de su padre dejó a su familia desamparada, y el joven Al, que por entonces tenía 14 años, se vio convertido en “el hombre de la casa”. Pronto encontró empleo como cadete en las oficinas de un periódico local, al tiempo que continuaba sus estudios. Eventualmente fue obteniendo mayores responsabilidades, hasta que, al graduarse, su talento para la escritura y su familiaridad con aquel ámbito de trabajo le permitieron ganarse una pequeña columna en la sección de noticias policiales. Desde aquel espacio, Al se interesó desde muy temprano por los turbios negocios de los Maldini, una familia que, poco a poco, iba ganando terreno en el ámbito del crimen organizado de la región. Sabía que no podía confiar en nadie, ya que su propio ámbito de trabajo estaba ligado oscuramente a los intereses de aquella familia, y fue por ello que procuró dirigirse en este asunto con la mayor prudencia. En algunos años logró ganarse una cierta reputación como periodista, y hubiera podido decirse que tenía una gran carrera por delante, si no hubiera sido porque sus investigaciones lo llevaron a exponerse demasiado. Pronto llegaron las advertencias de su jefe, siempre indirectas, sobre la conveniencia de no meter el hocico donde no se debe. Luego llegaron las amenazas, anónimas y cada vez más insidiosas, y, por último, un confuso episodio en el que dos matones corpulentos lo agredieron físicamente, dejándole el rostro ensangrentado y una última advertencia. Temiendo por su vida, Al decidió entonces renunciar a su empleo y alejarse de Nueva York. Cargado de incertidumbres, decepción y temor, pero también de la férrea voluntad de llevar sus investigaciones a buen puerto, vendió sus pertenencias (no muchas, por cierto) y abordó un tren rumbo a Chicago, sólo para descubrir que los Maldini estaban comenzado a merodear por allí también. Pronto supo, asimismo, que esta avanzada de la mafia neoyorquina venía a entrometerse en los asuntos de la mafia local: la familia Giorgio. Así las cosas, Al procuró seguir los pasos de los Giorgio. Hasta dónde se trataba de una corazonada y hasta dónde no era más que una locura, ni él lo sabía.

El justificado temor a una nueva visita de los esbirros de la mafia predispuso a Di Leo a tomar algunas precauciones mínimas: entre ellas, la portación de un revólver, cierta desconfianza instintiva hacia los extraños y unos hábitos más bien discretos. Posee una cultura general bastante amplia, en buena medida producto de una formación autodidacta, y ha desarrollado, en particular, un gran interés por los avances científicos y técnicos de su tiempo. Di Leo es, en este sentido, un racionalista, un hombre que cree en la ciencia, en el progreso y en la superioridad de la cultura occidental; un hombre que no duda en tachar de “superstición” todo aquello que no pueda explicarse racionalmente. Al mismo tiempo (y acaso contradictoriamente), Di Leo siente cierto desprecio hacia lo que percibe como un clima de degradación moral. En este sentido, las autoridades no le inspiran mucho más respeto que los criminales. Hay en él mucho de conservador, de moralista desilusionado por una época de derroche, consumismo, violencia e hipocresía. Quizás también haya algo de “rojo”, aunque es probable que él mismo rechazara tal etiqueta. En cuanto a su aspecto, cabe decir que este delata sus orígenes italianos. Su cabello es negro y abundante, y procura llevarlo prolijamente cortado. Su nariz romana y su espeso bigote dan a su rostro un aire severo, y suele vestir un traje color gris oscuro, ya algo raído por el uso, y un sombrero negro de ala ancha.

PD: Sí sí, el de la foto es Frank Zappa, je!

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