lunes, 30 de enero de 2012

29º Sesión

Ya establecida la agencia de investigaciones, los protagonistas reclutan a un nuevo integrante a su grupo: se trata de un alemán de nombre Jurgen, con un magnífico y asombroso físico y un pasado borroso y misterioso.
Famélicos por un caso que solvente los crecientes gastos e inversiones propios del establecimiento comercial en pleno Manhattan, los personajes reciben la visita de una bella muchacha atribulada, que les comenta que ha desaparecido su hermano. Los investigadores toman el caso y la acompañan a la hacienda donde convive con su familia, constituida por su padre y su hermano.
Al llegar contemplan la belleza de la propiedad: se trata de una amplia estancia en las afueras agrestes del Nueva York. Rápidamente sufren un encontronazo con el padre de la señorita, quien parece estar encaprichado en resolver el problema por sus propios medios. Los personajes logran convencer al anciano de que les dé una oportunidad de ayudarlo a encontrar a su hijo, y este acepta, no sin algo de incomodidad.
Al investigar la casa, notan una gran fascinación del padre por la caza y el continente africano. Revisando la habitación del muchacho desaparecido encuentran varios bastidores y cuadros de pinturas maravillosas hechas con una prodigiosa habilidad. Los motivos fantásticos comienzan siendo de variadas criaturas mágicas, pero luego se van centrando en el retrato de dos enormes lobos salvajes, uno de los cuales tiene tachada de forma burda el ojo izquierdo, desentonando con el resto de las pinceladas armónicas del autor.
Uno de los investigadores revisa debajo de la cama y encuentra los bocetos de un nuevo cuadro, también representando a la pareja de lobos, pero destrozado, con la tela rasgada y el bastidor hecho añicos. Hablando con la señorita que los contrató descartan la posibilidad de un amante, y al parecer, el desaparecido tampoco tenía enemigos en otros círculos sociales. Sin embargo, durante toda la conversación no pueden evitar sentir cierta perturbación en la muchacha, y dubitaciones a la hora de responder preguntas referentes a su padre.
Al día siguiente comienzan los interrogatorios a los encargados del servicio en la hacienda. Uno de ellos les comenta que el muchacho desaparecido era un joven dedicado exclusivamente a lo artístico, sin ningún desenvolvimiento en lo práctico. Lo que más llama la atención en la conversación es el descubrimiento de un asesinato irresuelto pocas semanas atrás en esa misma estancia. Al parecer, otro peón de la hacienda apareció muerto, despedazado y con pedazos faltantes de carne. La policía revisó la zona, pero no encontró sospechosos ni pistas sobre lo que podría haber causado la muerte del hombre, por lo que adjudicaron su deceso a un ataque de criaturas salvajes.
Cuando intentan preguntarle al dueño de la hacienda sobre este acontecimiento se enteran de que ya salió a retomar la búsqueda de su hijo. En su lugar, encuentran a la hija, a quien convencen para que los dejen entrar a la recámara del padre. Allí encuentran, revolviendo papeles de un escritorio, los planos de la propiedad, y varios certificados de ingreso de mercadería en la aduana.
Con el mapa de la hacienda en la mano, los personajes deciden investigar la zona agreste de la estancia. Recorren la basta extensión verde, y encuentran entre el denso bosque una vieja cabaña abandonada, muy rústica y cuya construcción parece remontarse al siglo anterior.
Un olor a putrefacción brota desde el interior, y temiendo lo peor, los hombres deciden entrar. Lo que encuentran es un gato muerto sobre una vieja mesa, a medio masticar. El olor en el ambiente es sumamente desagradable, y no parece haber mucho más que observar en esta reducida morada. Insatisfechos, sin embargo, los investigadores deciden dejar todo como está, y agazaparse esperando la llegada de quien sea que puso al gato en ese lugar. Por largos minutos nada parece suceder en el bosque, hasta que escuchan ruidos provenientes de la vegetación.
Los sonidos se acercan cada vez más, y es Jurgen quien percibe un gruñido en las proximidades. Avanza ofensivamente antes de ser sorprendido por la criatura, y con dos filosas cuchillas impacta sobre un pelaje pardo que luego de convulcionarse por unos momentos, termina por yacer muerto a sus pies. Decapitado, bajo el palpitante cuerpo del alemán, se encuentra un puma salvaje, el mayor depredador de la zona. Desconcertados, y un poco desilucionados por no encontrar mayores indicios sobre el paradero del joven desaparecido, los investigadores regresan a la casa, para descansar luego de un extenso día de recorridos por terreno agreste.
Allí se encuentran con el anciano, que continúa siendo reacio a la presencia de los investigadores. Cualquier intento de conversación termina siendo infructuoso, y luego de una amarga cena, se retiran a sus recámaras.

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