lunes, 24 de octubre de 2011

26º Sesión


Con el edificio en llamas, los personajes encuentran una puerta al subsuelo. Refugiándose del incendio, descienden sólo para encontrar un amplio recinto aparentemente destinado a reuniones y conferencias de las cuales no habían sido nunca informados. Exploran el salón, y para su sorpresa notan un sonido hueco detrás de una de las paredes. Con fuerza logran derribar parte de ella, y descubren un cuarto secreto. Al ingresar ven del otro lado un mecanismo que activaba una puerta, al hacer presión sobre un sector específico del recinto de reuniones. En el cuarto secreto hay una escalera que desciende más aun, y con precaución deciden bajar por ella.
Ingresan a un pasillo con varias puertas a los costados y un enorme salón hacia el final. Primero deciden ir por las puertas, y apoyándose en una de ellas logran percibir unas voces del otro lado. Derriban la puerta y sorprenden a dos miembros, que intentan desenfundar sus armas pero son acribillados por la certera puntería del ex policía. A juzgar por las túnicas y armas colgadas de las paredes, esa habitación cumplía las funciones de armería. Vuelven al pasillo y la siguiente sala que visitan parece ser un estudio, finamente tapizado y con un escritorio en el centro. Lo revisan, y encuentran una caja de madera, de aproximadamente veinte centímetros cuadrados, y la siguiente carta:

Al revisar la caja, la abren y notan que está vacía. Spencer la tantea, para saber si tiene un falso fondo y asombrado contempla como primero sus dedos, luego su mano, y finalmente su antebrazo desaparecen a medida que empuja a travéz de lo que parece ser sólida madera. Retira el brazo, y sumamente consternado le comenta su hallazgo a sus compañeros. Impulsado por la curiosidad, decide meter la cabeza en la caja, y al atravezar la madera ve un salón muy similar a un teatro, con aplausos de fondo. Fournier no cree lo relatado por Spencer, y ensaya el mismo experimento. Pone su cabeza en la caja, y ve y escucha lo mismo que el actor. La duda los embarga, y deciden llevar consigo la caja.
Además del escritorio, en el estudio hay una puerta de madera finamente decorada, y al abrirla tienen acceso a una biblioteca. Fournier repasa los títulos y nota que más allá de las lujosas encuadernaciones no hay mayores curiosidades en las cuales detenerse. Spencer es más tozudo, y se resuelve a investigar la presencia de algún pasadizo secreto. Su satisfacción es vasta cuando entre estanterías falsas descubre un compartimiento. Dentro del compartimiento encuentran un muy viejo tomo, escrito en lo que parece ser griego antiguo. Los conocimientos de los personajes sobre este idioma son muy rudimentarios, por lo cual deciden no detenerse demasiado en su lectura. Aún así, consiguen interpretar el nombre del tomo: se trata de una copia del Necronomicon. Lo suman a sus posesiones, y salen del estudio.
Una última puerta queda sin abrir, antes de pasar al gran salón que se ve al final del pasillo. Al hacerlo, encuentran un pequeño altar y detrás de él una cortina. La mueven, y los sorprende un bajorrelieve con un diseño extraño, enigmático, que parece jugar con sus mentes y desafiar su cordura. Spencer, en acto reflejo para proteger su sanidad mental, arremete contra el bajorrelieve, destruyéndolo. Ya calmados los ánimos, abandonan la pequeña sala ya que no encuentran nada más que llame la atención.
Avanzan hacia el gran salón, y entran en una bóveda con grandes pilares. En el centro, una siniestra escalera caracol de piedra, con retoques y adornos que emulan tentáculos y formas misteriosas.
Al descender, los personajes ingresan a una zona súmamente oscura, donde se dejan oir los ecos de lamentos retumbando entre las frías paredes. Al examinar superficialmente el lugar, los personajes notan que hay empotradas en las parades múltiples celdas de ajados y antiguos barrotes. En el piso del gran salón hay un incierto patrón de hoyos, de profundidad incierta. Dentro de las jaulas de las paredes encuentran los restos de humanos cuyos cuerpos han sufrido una degeneración de un tipo incierto, y de los pozos parecen brotar aquellos lamentos de voces deformadas e inhumanas que captaron al bajar. Spencer explora las jaulas, y se petrifica al encontrar en una de ellas al cuerpo acurrucado y demacrado de James Clark. Se acerca titubiante al cuerpo, y da un salto cuando éste se mueve, demostrando que aún quedan gotas de vida en lo que antes fue un ser humano común y corriente. Su piel está coartada, sus ojos hundidos, y todo su ser parece estar degradado por la edad avanzada. De sus labios resecos caen murmullos débiles e incoherentes que Spencer no logra decifrar. Mustanen se acerca a su compañero para saber qué lo retiene, y queda también sorprendido por el descubrimiento. Mientras tanto, Fournier, que estaba indagando los pozos nota que en sus profundidades se perciben movimiento y para su terror, ve que las formas que los producen son casi humanas.
En un ricón del gran salón parece haber una entrada por la cual algo de luz parece derramarse. Sin saber qué hacer con Clark en un estado tan precario, los personajes deciden proseguir su exploración, y se dirigen al siguiente cuarto.
Allí ven un pasillo ancho, en cuyo inicio están ellos, les siguen un sector amueblado con estanterías en las paredes repletas de unas misteriosas botellas de contenido dudoso, y por último, a unos veinte metros, observan un altar donde Carl Stanford está realizando un extraño ritual malévolo.

Se adentran por el pasillo tapizado de anaqueles con botellas y en ese preciso momento detrás de ellos  emerge una densa bruma en la que comienzan a delinearse las formas y los rasgos de John Scott. Rápidamente los personajes arremeten con disparos, pero una enigmática fuerza semi transparente parece proteger a Scott de las agresiones. Desesperado, Spencer toma unas botellas de los anaqueles y se las arroja al cultista, pero al estallar un extraño vapor brota de ellas dibujando las siluetas de un rostro en agonía. Ningún efecto, más allá de la estremecedora vista, parece acompañar a estas botellas.
Mustanen continúa gatillando sin dar tregua, hasta que el manto cinético que protegía a Scott comienza a dar muestras de flaqueza. Es en este momento que Fournier arremete con todo su cuerpo brotado de mágicas espinas, atravesando el cuerpo del malvado hombre, que al caer muerto comienza a descomponerse rápidamente hasta quedar reducido a una pila de cenizas.
El siguiente objetivo es Stanford, que alertado por los disparos y el movimiento ha comenzado a desarrollar un conjuro, generando una luz cegadora que impide a los personajes hacer un blanco preciso con sus disparos. Cuando logran llegar a la fuente de la luz, descubren que Stanford ha desparecido, y en su lugar sólo hay un altar con inscripciones arcanas rodeadas de una enrarecida nube de vapores misteriosos.
Los personajes inspeccionan el altar y dentro del mismo encuentran dos textos antiguos: se trata de un tomo titulado “Guardián de la puerta de plata” y otro con el nombre de “Catecismo de los Caballeros del vacío exterior”.
 
Luego de revisar superficialmente los textos los personajes se convencen de de efectivamente Stanford ya no está entre ellos y vuelven sobre sus pasos. Llegando a las capas más superficiales del subsuelo comienzan a sentir un incremento en la temperatura, escuchan los quejidos de las vigas y ven como las paredes comienzan a presentar grietas. Estando en el primer salón subterráneo el techo comienza a colapsar, y en un intento desesperado de escape uno de personajes abre la puerta de entrada. Una mano ennegrecida se extiende hacia ellos y luego el rostro transpirado de un bombero da la voz de alarma mientras asiste a los héroes a salir del sótano.
Poco después la estructura colapsa, y con ella termina la presencia de la Orden Hermética del Ocaso de Plata en Boston.

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