Para Albert Di Leo, la muerte de Bernie en marzo de 1915 fue una experiencia devastadora, de la que no pudo evitar sentirse culpable. Suya había sido la idea, después de todo: unas averiguaciones, nada más, algo así de sencillo. Bernie no era una cara conocida, no verían en él a un fisgón de dudosas intenciones; no había nada que temer. Su hermano accedió entonces de buen grado, bromeando acerca de la posibilidad de conseguir también él algún empleo en el periódico. Los buenos empleos escaseaban en Brooklyn, sobre todo para un ítaloamericano que no veía en su horizonte más que la fábrica, el puerto o el hampa...
¿Por qué no? Dos Di Leo trabajando codo a codo nada menos que en el Tribune, ¡qué diría el viejo! Bernie era un muchacho avispado, y Albert se había empeñado en que completara sus estudios secundarios, tal como él mismo lo había hecho. El viejo ya no estaba, pero él no quería resignarse a ver a sus hermanos hombrear bolsas en el puerto: no era justo, no era esa la suerte que el viejo había querido para sus hijos. Además, Bernie era despierto, inteligente... ¿Por qué no? Sin duda podría conseguirle alguna ocupación en el Tribune. Y este primer encargo parecía tan sencillo como prometedor: sólo requería buen oído, ojo avizor, la habilidad de leer entre líneas, el don de pasar desapercibido...
Lo cierto es que aquella noche nada salió acorde a lo planeado. Albert nunca llegó a saber qué fue lo que ocurrió realmente allí dentro, pero la imagen de su hermano desplomándose sin vida sobre sus brazos hizo que algo en su interior se quebrara. ¿Por qué carajo tenías que meter a Bernie en toda esa mierda? Madre, hermanos, todos deshechos por la noticia... Por su noticia. Esta vez, las cosas habían llegado demasiado lejos.
Pasaron los días y Albert finalmente tomó una decisión que sus compañeros de trabajo consideraron irracional, desatinada, pero de alguna manera comprensible: luego de presentar su renuncia a su jefe y maestro, el viejo Reginald Bennett, partió rumbo a Europa, en donde la guerra arreciaba desde agosto del '14. En los meses siguientes, luego de enlistarse y recibir cierto entrenamiento militar en un cuartel de las afueras de Milán, Albert se incorporó al 4to. Regimiento de Infantería italiano, apostado en el frente austríaco. Allí habría de pasar los próximos tres años; tres años en los que la vida en las trincheras, la cotidianeidad de la muerte y la simétrica futilidad de cada gesto de coraje y de cobardía, fueron matándole la jovialidad de antaño.
¿Por qué no? Dos Di Leo trabajando codo a codo nada menos que en el Tribune, ¡qué diría el viejo! Bernie era un muchacho avispado, y Albert se había empeñado en que completara sus estudios secundarios, tal como él mismo lo había hecho. El viejo ya no estaba, pero él no quería resignarse a ver a sus hermanos hombrear bolsas en el puerto: no era justo, no era esa la suerte que el viejo había querido para sus hijos. Además, Bernie era despierto, inteligente... ¿Por qué no? Sin duda podría conseguirle alguna ocupación en el Tribune. Y este primer encargo parecía tan sencillo como prometedor: sólo requería buen oído, ojo avizor, la habilidad de leer entre líneas, el don de pasar desapercibido...
Lo cierto es que aquella noche nada salió acorde a lo planeado. Albert nunca llegó a saber qué fue lo que ocurrió realmente allí dentro, pero la imagen de su hermano desplomándose sin vida sobre sus brazos hizo que algo en su interior se quebrara. ¿Por qué carajo tenías que meter a Bernie en toda esa mierda? Madre, hermanos, todos deshechos por la noticia... Por su noticia. Esta vez, las cosas habían llegado demasiado lejos.
Pasaron los días y Albert finalmente tomó una decisión que sus compañeros de trabajo consideraron irracional, desatinada, pero de alguna manera comprensible: luego de presentar su renuncia a su jefe y maestro, el viejo Reginald Bennett, partió rumbo a Europa, en donde la guerra arreciaba desde agosto del '14. En los meses siguientes, luego de enlistarse y recibir cierto entrenamiento militar en un cuartel de las afueras de Milán, Albert se incorporó al 4to. Regimiento de Infantería italiano, apostado en el frente austríaco. Allí habría de pasar los próximos tres años; tres años en los que la vida en las trincheras, la cotidianeidad de la muerte y la simétrica futilidad de cada gesto de coraje y de cobardía, fueron matándole la jovialidad de antaño.
Durante aquellos
años, sin embargo, Di Leo también supo ganarse la simpatía de dos personas de las que luego conservaría un vivo recuerdo. Por un lado, del Cnel. Ennio Petracchi, hombre con ínfulas de literato, militar por tradición familiar y diletante político de tendencia nacionalista, que pronto cobró interés por este voluntario americano y lo convirtió en su secretario personal. Desde aquel cargo, además de realizar ciertas tareas oficiales, Di Leo tuvo ocasión de desempeñarse como corresponsal para diversos periódicos italianos y norteamericanos. Por otra parte, una herida de bala en un hombro determinó su internación durante varias semanas en un hospital militar de Verona, en donde conoció a Meredith Sullivan, enfermera voluntaria inglesa, con quien habría de establecer una relación tan ambigua como intensa. El regreso de la joven a su Manchester natal en 1918, al tener noticia del retorno de su esposo (un soldado británico hasta entonces retenido como prisionero en Alemania), fue un nuevo trazo oscuro en la vida de Di Leo.
años, sin embargo, Di Leo también supo ganarse la simpatía de dos personas de las que luego conservaría un vivo recuerdo. Por un lado, del Cnel. Ennio Petracchi, hombre con ínfulas de literato, militar por tradición familiar y diletante político de tendencia nacionalista, que pronto cobró interés por este voluntario americano y lo convirtió en su secretario personal. Desde aquel cargo, además de realizar ciertas tareas oficiales, Di Leo tuvo ocasión de desempeñarse como corresponsal para diversos periódicos italianos y norteamericanos. Por otra parte, una herida de bala en un hombro determinó su internación durante varias semanas en un hospital militar de Verona, en donde conoció a Meredith Sullivan, enfermera voluntaria inglesa, con quien habría de establecer una relación tan ambigua como intensa. El regreso de la joven a su Manchester natal en 1918, al tener noticia del retorno de su esposo (un soldado británico hasta entonces retenido como prisionero en Alemania), fue un nuevo trazo oscuro en la vida de Di Leo.Cuando finalmente regresó a Nueva York, en 1919, no tardó en reincorporarse al Tribune. Bennett se había retirado ya, aquejado por los achaques de la vejez, pero aún conservaba cierta influencia en el periódico, y su intervención bastó para despejar cualquier posible objeción por parte de los nuevos directivos, algunos de los cuales respondían, según creía, a los designios del clan Maldini. Los viejos compañeros de trabajo de Albert pronto notaron que éste había perdido hasta los últimos rastros de juventud e ingenuidad, aquellos que ni los inhóspitos suburbios neoyorquinos habían podido quitarle. Su idealismo ilustrado se había visto sacudido de manera radical: ¿qué eran el crimen, la corrupción, la violencia, sino apenas la punta del iceberg de la degradación humana? En los años venideros, sólo el recuerdo de Bernie habría de darle fuerzas para retomar y continuar su silenciosa caza de los Maldini.
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